Murió Alberto Arbide. Corrió la noticia de boca en boca con la triste dimensión de las que nos convierten en más pobres. Triste, profundamente triste para todas las personas que, de una u otra forma, hayan tenido o tengan que ver con el ámbito de la discapacidad intelectual. Para quienes hayan conocido a este hombre bueno que contribuyó de modo decisivo a impulsar el proyecto de FEAPS, del que fue presidente de marzo de 1995 a noviembre de 2001.
Queda en el recuerdo de todos su talante dialogante y negociador, su sensatez y operatividad que respondió en todo momento a su propósito de renovación continua de la actitud reivindicativa en relación con las personas con discapacidad intelectual, «nuestro eje y objetivo esencial».
Abogado nacido en San Sebastián, ciudad en la que también falleció, Alberto Arbide se había acercado al mundo de la discapacidad intelectual, «para siempre» en 1967, respondiendo a una solicitud de ayuda por parte del sector, para poner en marcha una escuela en las afueras de la ciudad donostiarra.
Aquel primer acercamiento consolidó en su paso a la Asociación Guipuzcoana, ATZEGI, de la que fue vicepresidente y presidente. Más tarde sería máximo mandatario de la Federación Vasca y jugaría un papel clave en la constitución de la primera fundación tutelar que existió en España. Y tras ser vocal y vicepresidente de FEAPS, pasaría a ocupar la máxima responsabilidad de la Confederación y, entre otras funciones, la presidencia del CERMI.
Desde este primer día de su ausencia queda en el recuerdo y para siempre su calidad humana y su visión de futuro de la que todos hemos sido los primeros beneficiarios. Tiemblan hoy, emocionadas en el aire, sus propias palabras: «La discapacidad hace florecer otros valores y en nuestro campo es fácil observar que están muy desarrollados sentimientos relativos al amor, a la solidaridad, a la amistad…»
Hasta siempre, Alberto.
(Javier López Iglesias, director de VOCES).
